¿Traduces personalidad?

Ejercicios de estiloEn mi anterior entrada os pedía que reflexionarais sobre  la invisibilidad del traductor “¿Es realmente invisible el traductor?, ¿debería serlo?, ¿en qué contextos?, ¿existe la traducción invisible?”

Sigamos, pues, con esta trama. Ya sabes, más azúcar, más dulce. Los siguientes fragmentos forman parte del libro de Raymond Queneau, Ejercicios de estilo (1947, publicado por Cátedra) el cual recoge 99 formas diferentes de relatar una trivial anécdota ocurrida en un autobús público. Os propongo mis favoritos, por supuesto:

Subjetivo
No estaba descontento con mi vestimenta, precisamente hoy. Estrenaba un sombrero nuevo, bastante chulo, y un abrigo que me parecía pero que muy bien. Me encuentro a X delante de la estación de Saint-Lazare, el cual intenta aguarme la fiesta tratando de demostrarme que el abrigo es muy escotado y que debería añadirle un botón más. Aunque, menos mal que no se ha atrevido a meterse con mi gorro.
Poco antes, había reñido de lo lindo a una especie de patán que me empujaba adrede como un bruto cada vez que el personal pasaba, al bajar o al subir. Eso ocurría en uno de esos inmundos autobuses que se llenan de populacho precisamente a las horas en que debo dignarme a utilizarlos.

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En su nueva novela, tratada con el talento que le caracteriza, el célebre novelista X, a quien debemos ya tantas obras maestras, se ha esmerado en presentar únicamente personajes muy matizados que se mueven en una atmósfera comprensible para todos, grandes y chicos. La intriga gira, pues, en torno al encuentro en un autobús del héroe de esta historia con un personaje bastante enigmático que se pelea con el primero que llega. En el episodio final, se ve a ese misterioso individuo escuchando con la mayor atención los consejos de un amigo, modelo de elegancia. El conjunto produce una sensación encantadora que el novelista X ha cincelado con notable fortuna.

Vacilaciones
No sé muy bien dónde ocurría aquello… ¿en una iglesia, en un cubo de la basura, en un osario? ¿Quizás en un autobús? Había allí… pero, ¿qué había allí? ¿Huevos, alfombras, rábanos? ¿Esqueletos? Sí, pero con su carne aún alrededor, y vivos. Sí, me parece que era eso. Gente en un autobús. Pero había uno (¿o dos?) que se hacía notar, no sé muy bien por qué. ¿Por su megalomanía? ¿Por su adiposidad? ¿Por su melancolía? No, mejor… más exactamente… por su juventud, adornada con un largo… ¿narigón? ¿mentón? ¿pulgar? No: cuello; y por un sombrero extraño, extraño, extraño. Se puso a pelear -sí, eso es-, sin duda con otro viajero (¿hombre o mujer?, ¿niño o viejo?) Luego eso se acabó, concluyó acabándose de alguna forma, probablemente con la huida de uno de los dos adversarios.
Estoy casi seguro de que es ese mismo personaje el que me volví a encontrar, pero ¿dónde? ¿Delante de una iglesia? ¿delante de un osario? ¿delante de un cubo de la basura? Con un compañero que debía de estar hablándole de alguna cosa, pero ¿de qué? ¿de qué? ¿de qué?

Versos libres
El autobús
lleno
el corazón
vacío
el cuello
largo
el cordón
trenzado
los pies
planos y aplanados
el sitio
vacío
y el inesperado encuentro junto a la estación de mil luces apagadas
del corazón, del cuello, del cordón, de los pies,
del sitio vacío
y de un botón.

Filosófico
Sólo las grandes ciudades pueden presentar a la espiritualidad fenomenológica las esencialidades de las coincidencias temporales e improbabilísimas. El filósofo que sube a veces en la inexistencialidad fútil y utilitaria de un autobús S puede percibir en él con la lucidez de su ojo pineal las apariencias fugitivas y decoloradas de una conciencia profana afligida por el largo cuello de la vanidad y por la trenza sombreril de la ignorancia. Esta materia sin verdadera entelequia se lanza a veces con el imperativo categórico de su impulso vital y recriminatorio contra la irrealidad neoberkeleyana de un mecanismo corporal inapesadumbrado de conciencia. Esta actitud moral arrastra al más inconsciente de los dos hacia una espacialidad vacía donde se descompone en sus átomos elementales y ganchudos.

La indagación filosófica prosigue normalmente con el encuentro fortuito pero anagógico del mismo ser acompañado de su réplica inesencial y costurera, la cual le aconseja nouménicamente transponer al plano del intelecto el concepto de abrigo situado sociológicamente demasiado bajo.

——————————

Como bien habéis podido comprobar, cada texto es un estilo totalmente diferente con distinta personalidad. Podríamos casi estar seguros de que cada uno de ellos ha sido escrito por una persona diferente con distintos impulsos emocionales, quizás perseguido por sus traumas infantiles (vacilaciones), traumatizado tras una ruptura matrimonial (versos libres) o inspirado en Platón (filosófico). Sin embargo, este libro fue escrito en su versión completa por el escritor, poeta y novelista francés  Raymond Queneau, quien obsesionado por crear relatos tan variopintos consigue realzar el valor estético y el poder de la lengua escrita.  

Desde un punto de vista traductológico, este sencillo ejercicio de observación nos sirve para demostrar que no simplemente traducimos palabras tras palabras, sino PERSONALIDAD. Una personalidad inherente al texto cuya función no es otra que la de otorgar vida a las palabras  creando personajes villanos, enamorados o neuróticos. Evidentemente, esto lo tuvo que tener bastante claro Antonio Fernández Ferrer, traductor al español del libro Ejercicios de estilo.

Y tú, ¿traduces personalidad? 😉

Bonne journée!!!

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14 pensamientos en “¿Traduces personalidad?

  1. Me encanta este post. Creo que el buen traductor es el que sabe detectar un estilo (o una personalidad) y reflejarlo en su traducción. Es, también, lo más difícil. Creo que me voy a comprar el libro de Queneau 😉

    • Vaya, pues me alegro de haberte servido de inspiración.

      Un saludo y muchas gracias por haberte pasado por mi blog 😉

      Lorena Ruiz

      • “One thing led to another” said Nicholas Moore… and now I know that “copiarpegar” means ( I think) in Italian ” copia(e)incolla”.
        ” te comiste” means ” ti sei mangiato” ?

        Por Mercedes: ” (“It is never what a poem says
        that matters, but what it is.”) — I. A. R[ichards]
        Un saludo, Ciao!
        Ales

  2. Esta interesantísima entrada me recuerda a la reflexión que una vez hicimos en clase: ¿es mejor traductor de poesía el traductor o el poeta? ¿Se puede traducir un poema sin sentirlo? No quiero desviarme de tu tema, que es muy interesante, pero no he podido evitar pensarlo 🙂

    ¡Un saludo!

    • Hola Mercedes,

      Me gusta muchíiiiiisimo tu comparación. Para nada te has desviado del tema, al contrario. Con la entrada “¿Traduces personalidad?” pretendía sacar a la luz estas “multicualidades” del traductor.

      Gracias por pasarte por mi blog.
      Un abrazo,
      Lorena Ruiz

  3. Alessandro, con una sola “L”. Forse quella di “htm”?

    Your “entrada” makes me think to the Don Quijote de Menard:

    “.. la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito
    de
    las acciones…”

    Is it the best translation of Quijote?
    Forse no! Ciao e buon lavoro
    Al(l)essandro

  4. Pingback: ¿Doblaje o subtítulos? ¿Es que hay que elegir? | Sara Hernández Pozuelo

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